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lunes, 25 de julio de 2011

DESPISTES Y FRANQUEZAS.


Por: Víctor Miguel Villanueva

Puede que esta confesión parezca oportunista. Definitivamente no lo es. Y espero con las siguientes líneas confirmarlo. La confesión es: SOY CELESTE. Tal y como lo dicen los cánticos de los hinchas uruguayos para apoyar a su selección nacional, esa que ayer en el Monumental de Buenos Aires, Argentina, ganó su décimo quinta Copa América.

De hecho, mi primer recuerdo vivo en mi mente de Uruguay en una Copa América, es el de Antonio Alazamendi corriendo despavorido por la misma cancha del estadio de RiverPlate, festejando el único gol con el que la Garra Charrúa eliminaría a Argentina del torneo continental de 1987.

Desde luego, muchos antes supe de Uruguay, de su historia, de sus hazañas, de sus héroes. Entre la final de la Copa del Mundo de 1978 y el inicio de España 1982, con la ayuda de mi padre, fui adquiriendo enciclopedias –por fascículos semanales-, libros y revistas con la historia de los mundiales de futbol.

Por supuesto, el Drama del 16 de Julio de 1950ingresó a mi imaginación para no irse más. Desde entonces y hasta hoy, puedo recitar lo que pasó antes, durante y después de aquel juego entre Uruguay y Brasil en Maracaná. Igualmente leí las hazañas uruguayas en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928; y el título mundial de 1930 ganando en el Centenario. Sabía de Héctor Scarone, del Manco Castro, de Pedro Cea, Héctor Castro, Pedro Dorado y el grandísmo capitán José Nasazzi.

Es decir, mi amor por la Celeste, no es de hoy. Es más bien, un amor duradero, porque es verdadero. Por eso, las imágenes de ayer en el Monumental con un Luis Suárez imparable; colmilludo, pero técnico; canchero, pero talentoso; intermitente, pero contundente; me hicieron saborear el futbol uruguayo. Y me preguntaba ¿Así jugaría Pepe Schiaffino? ¿Así sería Alcides Gighia? ¿O el Manco, o Cea, Castro o dorado?.

No quise hacer más comparaciones. Era un auténtico Despiste hacerlo. No era justo comparar a Diego Forlán con Enzo Francescolli; y, mucho menos a Diego Lugano con Obdulio Varela. Imposible, jamás, hubiera sido una blasfemia.

Era mejor, con toda Franqueza, dejarme seducir por esta oncena de jugadores uruguayos que le estaban mostrando al mundo cómo es y cómo se juega al futbol al estilo de la Garra Charrúa. Mérito, sin duda, del hombre que estaba en la banca: Óscar Washington Tabárez, perfectamente apodado El Maestro.

Así vi los reflejos monumentales e inverosímiles de Fernando Muslera. El pundonor, la entereza, el coraje y la integridad del capitán Diego Lugano: todo un guerrero. El futbol mundial sería otro si cada jugador que salta al campo lo hiciera con la entrega que lo hace el capitán de Uruguay. Ni que decir del joven Coates, que sabe encimar, cortar por aire, ofender por aire, anticipar, retrasar el juego; es un veterano en cuerpo de novato.

El ir y venir sin cesar de Álvaro Pereira por la banda, con un esfuerzo incansable, sudando la Celeste cómo Dios manda. Diego Pérez y Egidio Arévalo entendiendo plenamente que cuando se defiende en un terreno de juego al Uruguay, hay que hacerlo con un cuchillo entre los dientes, no hay que escatimar una barrida, un soplo en la nuca del adversario; no se debe guardar nada.

En fin, Uruguay fue Uruguay. Pero no sólo ayer en Buenos Aires; ni siquiera en la Copa América, lo viene siendo desde hace cuatro o cinco años. Se reencontró con su estilo, con su historia; no quiso reinventarse. Sino recuperar sus genes, su ADN y resultó esta selección que fue cuarta de la pasada Copa del Mundo, con Diego Forlán como el mejor del mundial, y que hoy es campeona de América. 

Gracias Uruguay, por volver a ser Uruguay.

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